Odisea, canto vigesimosegundo: La matanza de los pretendientes

A lo largo del capítulo, Ulises y Telémaco matan a sangre fría a todos los pretendientes.
El primero es Antínoo, con una flecha en la garganta.
-¡Ah perros! No creíais que volviese del pueblo troyano a mi morada y me arruinabais la casa, forzabais las mujeres esclavas y, estando yo vivo, pretendíais a mi esposa, sin temer a los dioses que habitan el vasto cielo ni recelar venganza alguna de parte de los hombres. Ya pende la ruina sobre vosotros todos.
Eurímaco trata de hacer que las culpas caigan en el ya muerto Alcínoo, y viendo que no funciona la treta, exhalta a sus compañeros a actuar. Es el siguiente en morir.
Telémaco mata a Anfínomo con la lanza, y luego marcha a coger escudos y yelmos, trayendo también al boyero y al porquerizo. Mientras tanto, Ulises sigue disparando saetas. Cuando las termina, también se arma de escudo y lanzas.
Por su parte, el cabrero Melantio accede al aposento donde Telémaco había guardado las armas, trayendo con él una docena de escudos, yelmos y lanzas.
Eumeo y Filetio persiguen a Melantio cuando regresa al aposento a por más armas, atándolo de una soga y dejándolo suspendido de una columna.
Tiene lugar el combate en la sala, siendo propicio a Ulises y los suyos. Únicamente obtienen clemencia el aedo Femio, a quien obligaban los pretendientes a entretenerles, y el heraldo Medonte, que cuidó bien a Telémaco en su niñez.
Llama luego Ulises a Euriclea, a quien ordena traer, de entre sus esclavas, las que sucumbieron a los pretendientes y no respetaban el mando del ama. A su hijo y sus dos criados les encarga que esas mujeres saquen los cadáveres, limpien la sala, y luego sean llevadas fuera de la casa y muertas.
También Melantio recibe su castigo, y le son amputados orejas, nariz, testículos, manos y pies.

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