Odisea, canto vigesimoprimero: La propuesta del arco

Penélope toma el arco y la aljaba que Ulises dejó en casa al partir a Troya. Se nos narra cómo Ifito le regaló al héroe el arco de su padre Eurito. Penélope anuncia la prueba a los pretendientes, y Telémaco coloca las doce hachas como corresponde al juego.
El hijo del héroe prueba el primero. Tras tres intentos (a la cuarta lo hubiera armado), una seña de Ulises le detiene, y cede el arco a los pretendientes. Ni siquiera calentando el arco y untándolo con sebo logran los jóvenes tender el arco.
Cuando sólo Eurímaco y Antínoo (los más poderosos de los pretendientes) restan por intentarlo, Ulises se lleva fuera de la casa al pastor y al porquerizo, contándoles quien es en realidad. Confía a Eumeo acercarle el arco y ordenar que las mujeres cierren las puertas de las estancias, y a Filetio cerrar las puertas del patio.
Al no poder armar el arco, Eurímaco pronuncia:
-¡Oh dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me lamento por ellas (pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca, rodeada por el mar, y en las restantes ciudades) como por ser nuestras fuerzas de tal modo inferiores a las del divinal Ulises, que no podemos tender su arco: ¡vergüenza será que lleguen a saberlo los venideros!
Ulises pretende también probar, pero Antínoo le increpa y amenaza. Sin embargo, con la ayuda de Telémaco y los criados, el arco llega a sus manos, y el lo arma sin esfuerzo. Tras disparar una flecha, que pasa por el agujero de las doce hachas, hace una señal con las cejas a su hijo.
Y Telémaco, el caro hijo del divino Ulises, ciñó la aguda espada, asió su lanza y, armado de reluciente bronce, se puso en pie al lado de la silla, junto a su padre.

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