Ilíada, canto decimocuarto: Engaño de Zeus

Néstor deja al herido Macaón en su tienda, y al salir se encuentra a los aqueos retirándose frente al acoso teucro. Decide buscar a Agamenón, encontrándole junto a Ulises y Diomedes. El líder de los aqueos piensa que sería mejor echar las naves al mar y huir, ya que Zeus está contra ellos. Ulises le increpa:
-¡Atrida! ¿Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes? ¡Hombre funesto! Debieras estar al frente de un ejército de cobardes y no mandarnos a nosotros, a quienes Zeus concedió llevar a cabo arriesgadas empresas bélicas desde la juventud a la vejez, hasta que perezcamos.
Diomedes, tras recordar su linaje para que su consejo sea escuchado convenientemente, considera apropiado avanzar hacia el combate, pese a estar heridos, manteniéndose en la retaguardia para animar a las tropas.
Poseidón anima el corazón de Agamenón, y Hera decide intentar engañar a Zeus, visitándole para yacer con él y lograr dormirlo. Tras arreglarse adecuadamente, Hera visita a Afrodita para solicitar sus dones; le dice que los necesita para apaciguar a Océano y a Tetis, y ella accede. Luego encuentra a Sueño, a quien convence para dormir a Zeus ofreciéndole como pago a Pasitea, la más joven de las Gracias.
-¡Hera! ¿Adónde vas que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?
Tras recordar varios de los escarceos de Zeus, él y Hera yacen finalmente juntos.
-¡Poseidón! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus, a quien he sumido en un dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor.
Poseidón se pone al frente de las tropas aqueas, y la batalla se renueva con furia.
No braman tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente fuego en la espesura del monte, al quemarse una selva; ni suena tanto el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge, cuanto fue la grita de teucros y aqueos en el momento en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron a las manos.
Héctor trata de alcanzar a Ayante Telamonio, pero falla. Éste a su vez le lanza una piedra, que le alcanza en la garganta y lo derriba. Protegido por el resto de líderes, Héctor alcanza el carro y marcha a la ciudad.
Se suceden diversas muertes y se cruzan amenazas, hasta que Penéleo alza la cabeza ensartada de Ilioneo, lo cual pone en fuga a los teucros.

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