Odisea, canto tercero: Lo de Pilos

Ya el sol desamparaba el hermosísimo lago, subiendo al broncíneo cielo para alumbrar a los inmortales dioses y a los mortales hombres sobre la fértil tierra, cuando Telémaco y los suyos llegaron a Pilos, la bien construida ciudad de Neleo, y hallaron en la orilla del mar a los habitantes, que inmolaban toros de negro pelaje al que sacude la tierra, al dios de cerúlea cabellera.
Atenea, que sigue transfigurada como el consejero Méntor, pide a Telémaco que acuda a Néstor para saber noticias de su padre. El anciano guerrero acoge a los forasteros durante el banquete celebrado en honor de Poseidón.
Ante las preguntas de Telémaco, tenemos ocasión de comprobar el destino fatal de algunos héroes de la narración anterior: además de Patroclo y Aquiles, fallecieron en Ilión Ayante (no se nos indica cuál de ellos) y Antíloco, el veloz hijo de Néstor. También descubrimos que, tras la toma de la ciudad, las naves no volvieron juntas al hogar: la mitad partieron pronto, con Menelao, y la otra mitad quedó con Agamenón. Las naves de Ulises, que fueron con el primero, volvieron atrás en la primera escala del viaje. Relata Néstor a continuación el buen viaje junto a Diomedes hasta Argos, y la siguiente escala hasta la propia Pilos, y añade noticias del regreso de otra gente.
Posteriormente, se incide en la infamia de Egisto y Clitemnestra, que mataron a Agamenón a su regreso, y la venganza tomada por Orestes. Néstor aconseja a Telémaco preguntar a Menelao, que ha regresado a casa tras un viaje azaroso.
Néstor invita a Telémaco a pasar la noche en su palacio, y al marcharse Méntor, descubre el anciano que en realidad era Atenea. Al día siguiente realizan un sacrificio a la diosa, y Néstor presta un carro al hijo de Ulises, para que acompañado de su hijo Pisístrato se acerquen a Esparta.
Tras un día de camino llegan a Feras, descansando en el hogar de Diocles.
Mas, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, uncieron los corceles, subieron al labrado carro y guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó a los corceles para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Y habiendo llegado a una llanura que era un trigal, en seguida terminaron el viaje: ¡con tal rapidez los condujeron los briosos caballos! Y el sol se puso y las tinieblas ocuparon todos los caminos.

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