Ilíada, canto octavo: Batalla interrumpida

La Aurora, de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando Zeus, que se complace en lanzar rayos, reunió el ágora de los dioses en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo.
De forma vehemente, Zeus ordena al resto de dioses no intervenir en la batalla entre dánaos y teucros. Pero Atenea, con lástima por el destino de los hombres, solicita que, si bien sin intervenir directamente, puedan al menos aconsejarles. Zeus sin embargo desciende del Olimpo en su carro, justo a tiempo para ver cómo las tropas se arman y se acometen en el campo de batalla.
Zeus, entonces, tronó fuerte desde el Ida y envió una ardiente centella a los aqueos, quienes, al verla, se pasmaron, sobrecogidos de pálido temor.
Huyen entonces los aqueos, pero Néstor queda atrás, muerto uno de los caballos que tiran de su carro. Antes de que pueda cortar las correas, se acerca Héctor con aviesas intenciones. Acude en su ayuda Diomedes, y el anciano sube a su carro.
El Tidida lanza un venablo a Héctor, acertando a su auriga Eniopeo y matándolo. Pero Zeus vuelve a lanzar un rayo frente a sus caballos, haciendo que den la vuelta al carro y salvando así a los teucros. Héctor les persigue, tratando de hacer que luchen contra él.
-(...) Anda, tímida doncella, ya no escalarás nuestras torres, venciéndome a mí, ni te llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.
Agamenón anima a las tropas aqueas, y solicita ayuda a Zeus. Éste envía un águila, con un cervatillo entre las garras, que es lanzado en el altar de los sacrificios, lo que añade ímpetu a las tropas aqueas.
Teucro, refugiado tras el escudo de Ayante Telamonio (su hermano de padre), mata con sus flechas a muchos troyanos. Eliminado el nuevo auriga de Héctor, éste baja del carro y lanza una piedra contra Teucro, hiriéndolo en el hombro y haciendo que deba refugiarse. Los teucros acosan de nuevo a los aqueos, ya junto a las naves.
Por su parte, Hera y Atenea descienden del Olimpo, dispuestas a ayudar a los aqueos, pero Zeus manda a Isis, para que les transmita su amenaza, frenando así a las diosas. Ya en el Olimpo, el soberano de los dioses insiste en que sólo Aquiles podrá hacer frente a Héctor.
Llega la noche al campo de batalla, salvando así a los aqueos. Héctor ordena encender muchos fuegos, para que sus enemigos no puedan escapar, seguro de su victoria. Realizan los troyanos sacrificios a las deidades.
(...); pero los bienaventurados dioses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les había hecho odiosa la sagrada Ilión y Príamo y su pueblo, armado con lanzas de fresno.

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