Ilíada, canto decimonoveno: Renunciamiento de la cólera

Tetis lleva las armas a Aquiles, y éste, preocupado por el cadáver de su amigo Patroclo (que dejará sin honrar hasta la muerte de Héctor), consigue que su madre lo vele, impidiendo su corrupción.
-(...) Tú convoca al ágora a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor.
Aquiles llama a una reunión a los aqueos, y les anuncia que regresa al campo de batalla. Agamenón, en un largo parlamento, se retracta de sus palabras anteriores, echándole la culpa a la diosa Ate (personificación de la falta, principalmente por obcecación), y recordando el engaño de que fue víctima incluso el propio Zeus cuando Hera adelantó el parto de Euristeo y atrasó el de Hércules. Vuelve a ofrecer a Aquiles los obsequios ofrecidos el día anterior para aplacar la cólera.
Aquiles está ansioso por comenzar el combate, pero Ulises aconseja que las tropas sean bien alimentadas:
-(...) Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del sol, con el enemigo; aunque su corazón lo desee, los miembros se lo entorpecen sin que él lo advierta, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al andar.
Agamenón tiene intención de preparar un banquete para borrar la injuria contra Aquiles, pero éste prefiere dejarlo para el final de la batalla:
-(...) Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas, a causa de la muerte de mi compañero: el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, aquellas cosas en nada interesan a mi espíritu, sino tan solo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.
Ulises insiste, y seguido por otros principales entra en la tienda de Agamenón para hacerse con los regalos prometidos. El Atrida jura no haber tocado a Briseida, que retorna a Aquiles.
Se disuelve el ágora, y cada uno acude a su tienda. Briseida llora por la suerte de Patroclo, pues se portó bien con ella y prometió conseguir que Aquiles la tomara por mujer legítima. Aquiles insiste en no probar bocado, y recuerda a su amigo:
-(...) Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo perecería aquí en Troya, lejos de Argos, criadora de caballos, y de que tú, volviendo a Ptía, irías en una veloz nave negra a Esciros, recogerías a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia de mi muerte.
Atenea, enviada por Zeus, alimenta al héroe con ambrosía. Aquiles viste la armadura fabricada por Hefesto, y sus aurigas preparan el carro. Una de sus inmortales caballos (Janto, dotado por Hera con el don de la palabra; el otro es Balio) le vaticina la muerte para un día próximo, pero él acepta su destino.

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