Ilíada, canto decimosexto: Patroclea

Mientras se lucha por las naves, Patroclo acude con Aquiles.
-¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y, deseando que la tome en brazos, le tira del vestido, la detiene, a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo?
Con duras palabras, Patroclo exhorta a su compañero, y le pide que, si sigue absteniéndose de pelear, al menos le permita llevar la armadura y guiar a los mirmidones al combate, engañando así a los troyanos. Aquiles acepta, abrumado por las bajas de sus aliados, pero le impone como condición que, en cuanto se alejen los troyanos de las naves, vuelva atrás.
A Ayante, que ya muy cansado seguía defendiendo las naves, Héctor le parte la lanza con su espada, y se ve obligado a retroceder. Los teucros pegan fuego a la primera nave, y Aquiles apresura a Patroclo para que se arme, yendo él a avisar a sus tropas.
Tenemos entonces ocasión de ver en detalle dos cosas: las piezas que componen la armadura de Aquiles, y los cinco héroes que lideran a los mirmidones. Reunidas las tropas y puestos al frente Patroclo y Automedonte, Aquiles ora a Zeus por la victoria.
El próvido Zeus le oyó, y de las dos cosas, el padre le otorgó una: concedióle que apartase de las naves el combate y la pelea, y nególe que volviera ileso de la batalla.
Los mirmidones avanzan y arremeten contra los teucros, que creyendo llegado a Aquiles comienzan a temer por su vida. Aunque dejan las naves, lo hacen resistiendo el embate; la pelea se extiende y se suceden las muertes. Finalmente, los troyanos acaban salvando el foso de vuelta a la ciudad; Patroclo acosa a los rezagados, matando a muchos. Sarpedón, líder de los licios, avanza para hacerle frente, y Zeus está tentado de salvarlo de la muerte, apartándolo de la lucha. Hera le recrimina:
-(...) Piensa que si a Sarpedón le mandas vivo a su palacio, algún otro dios querrá sacar a su hijo del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales pelean en torno de la gran ciudad de Príamo, y harás que sus padres se enciendan en terrible ira.
En el intercambio de lanzazos, Sarpedón es herido en el pecho. Antes de morir, encomienda su cadáver y sus pertenencias a Glauco. Éste, herido en el brazo por una flecha de Teucro, clama a Apolo que le cure y le dé firmeza. Operado el poder del dios, Glauco recorre las filas licias y acude a Héctor para que le ayude. Patroclo, a su vez, llama a su lado a ambos Ayantes, y se establece una nueva lucha en torno del cadáver.
Eneas y Meriones se lanzan bravatas, y Patroclo reprende a su compañero:
-(...) Las batallas se ganan con los puños, y las palabras sirven en el consejo. Conviene, pues, no hablar sino combatir.
Zeus hace conocer a Héctor que ya no está de su parte, y los licios y teucros huyen hacia las murallas de la ciudad. Luego encomienda a Apolo recoger el cadáver de su hijo Sarpedón, y llevarlo a Licia para que se le hagan las exequias.
Patroclo persigue a los defensores de Troya, matando de nuevo a muchos hombres. Alcanza la muralla, defendida por Apolo, y trata de tomarla; pero el dios, en el cuarto intento, le recrimina y consigue que se retire. Luego, transfigurado como Asio, Apolo exhorta a Héctor para que intente matar a Patroclo.
Patroclo mata con una pedrada a Cebriones, auriga de Héctor, y ambos luchan alrededor del cadáver, rodeados a su vez de aqueos y troyanos. Apolo golpea por la espalda a Patroclo, que pierde su casco; la lanza se le rompe en la mano y la coraza resbala de su cuerpo. Euforbo le hiere de un lanzazo en la espalda, y Héctor atraviesa el vientre del herido. Se vanagloria el troyano de su victoria, y el moribundo contesta:
-¡Héctor! Jáctate ahora con altaneras palabras, ya que te han dado la victoria Zeus Crónida y Apolo, los cuales me vencieron fácilmente quitándome la armadura de los hombros. Si veinte guerreros como tú me hubiesen hecho frente, todos habrían muerto vencidos por mi lanza. Matáronme la parca funesta y el hijo de Leto, y Euforbo entre los hombres; y tú llegas el tercero para despojarme de las armas. Otra cosa voy a decirte, que fijarás en la memoria. Tampoco tú has de vivir largo tiempo, pues la muerte y la parca cruel se te acercan, y sucumbirás a manos del eximio Aquiles Eácida.

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