Ilíada, canto duodécimo: Combate en la muralla

En tanto que el fuerte hijo de Menetio curaba, dentro de la tienda, a Eurípilo herido, acometíanse confusamente argivos y teucros.
Nos adelanta Homero la perdición de Ilión, contándonos que tras la guerra el muro que los aqueos habían levantado para proteger sus naves será derribado por las aguas.
Al pie de la muralla continúa la lucha, con Héctor acosando a las tropas de invasores. Detenidos los caballos por el foso, Polidamante aconseja avanzar a pie, mientras los escuderos esperan con los carros preparados. Divididos en cinco grupos, los troyanos y sus aliados avanzan sobre el muro.
Asio Histácida, sin embargo, decide dirigir el carro hacia las puertas que permanecían abiertas para que los aqueos restantes pudieran refugiarse. Es seguido por otros, pero Polipetes y Leonteo, apoyados desde las torres, defienden la entrada.
Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil, no siendo un dios, contarlo todo.
El grupo de Héctor se detiene frente al foso, pues observan una extraña señal: Un águila llevando un enorme dragón sangriento (¿una serpiente?), el cual, retorciéndose, logra herirla. El ave deja caer su presa, que golpea el suelo frente a los teucros. Polidamante aconseja no acometer contra las naves, visto el prodigio, pues entiende que no podrán volver atrás; Héctor, molesto, lo ignora con malas palabras.
En la muralla, los dos Ayantes arengan a las tropas, para que no huyan hacia las naves.
Sarpedón, que lidera en esta ofensiva el grupo de las tropas aliadas, exhorta a Glauco para perseverar.
-(...) Ojalá que, huyendo de esta batalla, nos libráramos para siempre de la vejez y de la muerte, pues ni yo me batiría en primera fila, ni te llevaría a la lid, donde los varones adquieren gloria; pero como son muchas las clases de muerte que penden sobre los mortales, sin que estos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos gloria a alguien o alguien nos la dará a nosotros.
Menesteo, a cuya torre se acercan, envía a su heraldo Tootes para traer a Ayante Telamonio y al arquero Teucro. Con su ayuda, se arma un feroz combate en la torre. Sarpedón logra abrir un boquete en la muralla, pero es herido. El combate que sigue es muy igualado.
Por doquiera torres y parapetos estaban regados con sangre de teucros y aqueos. Mas ni aun así los teucros podían hacer volver la espalda a los aqueos.
Finalmente, Héctor anima de nuevo a sus tropas y, lanzando una enorme piedra, consigue derribar una de las puertas, logrando así su objetivo.
El esclarecido Héctor, que por su aspecto a la rápida noche semejaba, saltó al interior; el bronce relucía de un modo terrible en torno a su cuerpo, y en la mano llevaba dos lanzas. Nadie, a no ser un dios, hubiera podido salirle al encuentro y detenerle cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban como el fuego.

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